Los revendedores electrónicos manejan las ventas de los propios productos, y es frecuente que paguen de inmediato.

“¡Su sobre feliz está por llegar!”. Este era el título de un correo electrónico que apareció no muchos después de que mandé dos computadoras y dos teléfono celulares descompuestos a Gazelle, un revendedor de artefactos en internet. Más emocionante fue recibir el cheque por 397 dólares que siguió. Fue un final feliz que hizo que me metiera a hurgar en el armario con la esperanza de encontrar más botines caducos.

Por: Penelope Green

Han pasado 21 años desde que se fundaron Craiglist e eBay, los cuales transformaron el llamado “comercio de persona a persona”. En la última década, compañías como Gazelle han refinado ese proceso de nuevo al quitar el desordenado factor humano. En los sitios web diseñados en forma brillante, con paquetes y etiquetas para el envío gratuito, los revendedores electrónicos manejan las ventas de los propios productos, y es frecuente que paguen de inmediato. A medida que la vida útil de las cosas se hace cada vez más corta y uno se abruma cada vez más, “la selección y la determinación implacables que exige el mundo material”, parafraseando al personaje de Kate Atkinson, vender las cosas sin tener que salir de la casa parecería ser una innovación encantadora y haría mucho para atenuar el escozor de la obsolescencia de un objeto.

Los revendedores de ropa, como Material Wrld, Crossroads y thredUP proponen hacer que “actualizar” el guardarropa sea más alegre, y tienen sus propios kits de canjes e incentivos en dinero para comprar sus mercaderías y mantener al ciclo en funcionamiento. La eliminación ética es un tema (un corolario al consumo ético). El manifiesto de Crossroads, un favorito de los estudiantes universitarios a quienes les preocupa que las cosas del Sastre Urbano que descartan puedan terminar en un relleno sanitario, es que “la moda no debería” tener un costo. “Material Wrld se orienta a aliviar ‘la culpa por la moda’ con su propia promesa: ‘Nosotros nos haremos cargo de la moda de ayer para que usted pueda concentrarse en la del futuro’”.

Estos servicios se están multiplicando a medida que la moda se hace más rápida, y están llenos de capital de riesgo.

“Es la era de la consignación”, proclamó una amiga, todavía excitada por haber vendido el contenido de su sótano.

Tradesy es como un sitio de citas para la ropa vieja: se puede publicar una fotografía, contar la historia y el sitio le pondrá precio a la prenda (un botón invita al comprador en línea a que le “encante” el ofrecimiento). Move Loot hará lo mismo por los muebles; si se vende una pieza, la compañía manejará el intercambio y arreglará el traslado. Lo mismo sucede con Lofty, Chairsh y Viyet, que venden muebles de alta calidad, artículos para decoración y obras de arte; curadores de Lofty y Viyet irán a revisar los artículos a su casa. El sitio de lujo, RealReal, uno favorito de los neoyorquinos conscientes de la moda, comercia en obras de arte, ropa de diseñador y joyería.

Material Wrld opera en Industry City, un edificio estupendo que fue una fábrica, en Sunset Park, en Brooklyn, colonizado ahora por inquilinos, como West Elm’s Makers Studio y Storefront for Art and Architecture. Sus fundadores, Rie Yano, de 34 años, y Jie Zheng de 33, se conocieron en la Escuela de Negocios de Harvard y dejaron su empleo en la moda para iniciar la compañía en el 2012.

Como muchos revendedores en la moda, hacen una oferta inicial y mandan lo que no aceptan a alguna beneficencia, en su caso, a Housing Works. “Lo que estamos fomentando es un estilo de vida en el que si compras moda de calidad”, dijo Yano, “podemos extender su vida cuando tú ya no quieres usarla”. A finales de marzo, Material Wrld recibió nueve millones de dólares en financiamiento de una compañía de comercio electrónico con sede en Japón.

Jie Zheng , izquierda, y Rie Yano al material WRLD , una operación de consignación / Foto: Amy Lombard / The New York Times

Jie Zheng , izquierda, y Rie Yano al material WRLD , una operación de consignación / Foto: Amy Lombard / The New York Times

“La reventa tiene tendencia”, dijo Martin Ambrose, de 29 años, un gerente adjunto en Real Real, quien estima que evalúa más de 2,000 artículos cada mes de clientes, muchos de quienes son habituales. La compañía, en funcionamiento desde el 2011, con un financiamiento de 123 millones de dólares, reporta que recibe, en promedio, 100,000 artículos cada mes y ha vendido alrededor de dos millones. “La gente solía avergonzarse”, dijo Ambrose. “Pero una vez que empiezas, es como una adicción”.

Ambrose, quien escribió un ensayo en la universidad sobre los personajes a los que conoció cuando andaba viendo escaparates, es una enciclopedia de la reventa. Algunas cosas básicas: los pantalones de mujer no se venden. Ni tampoco las camisas de vestir para caballero porque la gente es muy especial respecto de estos artículos. Las marcas reconocibles, como los zapatos de suela roja de Christian Louboutin, sí se venden. Los zapatos y las bolsas de mano conservan bien su valor. RealReal divide el precio de venta en 40/60; una vez que las mercaderías del vendedor llegan a los 10,000 dólares, esa persona recibe 70 por ciento. En el mundo de la consignación de lujo, dijo Ambrose, ese punto de referencia no es el unicornio que uno se podría imaginar.

¿Quién sabía que hay un mercado floreciente de artículos usados de Lululemon?

Lo conocí una fría tarde de febrero, en la casa de Emilie Cresp, de 33 años, una emprendedora de belleza natural, que había decidido seleccionar su fabuloso guardarropa, del cual cerca de 350 prendas (de Chanel, APC y Vanessa Bruno, en su mayor parte) estaban guardadas en Garde Robe, el armario y servicio de ayuda de cámara por hasta 2,000 dólares mensuales.

Bastante pronto me había dado cuenta de que mi venta en Gazelle era una chiripa. No poseía ninguna otra cosa de valor – al menos, nada que no estuviera usando – y si quería participar en la Era de la Consignación en forma significativa, iba a tener que hacerlo como observadora. (“Sal de mi recámara, mamá”, fue el mensaje de texto que me envió mi hija desde la universidad después de que le mandé fotografías de la ropa que dejó. “¿Realmente quieres esto?”, le había escrito. “Necesito cosas para vender”.)

Cresp, quien es francesa, vive en un pequeño departamento de una recámara en West Village, que tiene dos clósets llenos y un armario repleto. Me había invitado Ann Lightfoot, de 55 años, una organizadora profesional en Manhattan con una amplia red de consignatarios y beneficencias, quien, prácticamente, no tira nada a la basura. ¿Quién sabía que hay un mercado floreciente de artículos usados de Lululemon? La compañía de Lightfoot, Done & Done Home, la cual opera junto con su Hija Kate Pawlowski, de 29 años, limpia clósets a un nivel extremadamente alto (sus clientes han sido directores ejecutivos, directos de cine y televisión, un atleta olímpico y una “Real Housewife”).

No todos los objetos que se despachan tienen un final feliz

Me dijo que a muchos de ellos los inspiró Marie Kondo, la gurú japonesa del orden, pero se desconcertaron en el proceso. “No saben por dónde empezar y les preocupa dónde van a terminar esas cosas que no provocan alegría”, comentó.

Revisar la ropa de Cresp se llevó seis horas, fue el típico maratón, dijo Pawlowski. Ella y su madre aligeran su labor con un humor fresco y una refrescante falta de dogma. “Podríamos codificar por color”, dijo Lightfoot mientras doblaba los 70 suéteres de Cresp. “Pero eso puede estresar a un cliente”. Para la puesta del sol, Ambrose había acarreado cuatro bolsones con cremallera del tamaño de una maleta; Pawlowski dejó 11 bolsas para basura en Goodwill y mandó cuatro a Linda’s Stuff, un consignador en línea con sede en Pensilvania.

milie Cresp, de izquierda , observa mientras Kate Pawlowski, centro, y Ann Lightfoot organizar su ropa para la RealReal, un sitio web de porte de lujo, en el domicilio del Cresp en Nueva York. / Foto: Amy Lombard / The New York Times.

milie Cresp, de izquierda , observa mientras Kate Pawlowski, centro, y Ann Lightfoot organizar su ropa para la RealReal, un sitio web de porte de lujo, en el domicilio del Cresp en Nueva York. / Foto: Amy Lombard / The New York Times.

Joan Juliet Buck, la autora, actriz y exeditora de “French Vogue”, dijo: “Se fletan los objetos de todos. Nunca son solo cosas”. En enero, Buck hizo una purga en su departamento en la calle 42 y vendió algunas pertenencias por medio de Paddle8, el subastador en línea: lámparas “art déco”, un reloj pulsera Cartier, un  juego para escritorio Hermès, cómics R. Crumb retro y muchas alhajas, incluido un largo hilo de perlas gris acerado del mar del Sur que había comprado unos años después de empezar en el empleo en “French Vogue”. “No fue muy acertado que me dieran el papel de ejecutiva”, dijo. “Las perlas eran austeras, muy caras, y pensé que mandaban la señal de autoridad. Vendí las alhajas de mi madre para comprarlas”. Y, con todo, informó con tristeza: “Las perlas de la jefa no se vendieron. Vienen de regreso”.

Esta es la razón por la que la consignación aun puede romper el corazón. No todos los objetos que se despachan tienen un final feliz.

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