Kevin tuvo la oportunidad de encontrar un trabajo en el que lo enviaban a China con mucha frecuencia; era algo que lo hacía disfrutar mucho su trabajo, sin embargo, un acuerdo que no se cumplió y algunas irregularidades con las que él no estaba de acuerdo lo hicieron tener que dejar dicha plaza.

Texto y Fotos: Elder Canahui

A raíz de los viajes que hizo al país asiático, Kevin aprovechó sus contactos y se puso en comunicación con alguien que había conocido, y esta persona lo conectó con el director de la compañía Huawei en China, tuvieron un par de conversaciones y quedaron en verse para hablar y hacer negocios.

¿Qué pasó en ese viaje a China?

Hice el viaje sin pensarlo. Como ya conocía el mercado sabía que había oportunidad allá. Contaba con teléfono con un número del país, llegué y lo encendí, casi inmediatamente recibí una llamada; era de un excliente colombiano, para preguntarme si yo todavía podría proveerle productos de tecnología de China, no dude ni un segundo y le respondí afirmativamente. Yo no contaba con ningún producto y mucho menos empresa, ¡no tenía nada!

El cliente quería comprar tablets y yo le dije que sí tenía, sin tener ninguna. Me acerqué a los proveedores que ya conocía y fui de lugar en lugar —allá existen mercados “populares” gigantes de productos tecnológicos— a comprar piezas para armar la tablet. Al final logré hacer una primer venta, y algo chistoso después fue que ni siquiera pude cambiar el cheque de inmediato porque no tenía empresa registrada, ya tenía el nombre y me aseguré de que nadie más lo tuviera, pero todavía no podía cambiarlo.

¿Te quedaste en China permanentemente?

Sí, yo iba con mi esposa y mi hija de brazos. Ese primer pedido marcó todo para mí, ya que después ese mercado al que fui a comprar pieza por pieza, se convirtió en mi casa. Logré alquilar un cuarto pequeño en un edificio, en el que mi familia y yo éramos los únicos extranjeros, esto hizo que fuéramos reconocidos fácilmente. Eso me permitió hacer amistades y muchos de mis amigos eran dueños de fábricas de piezas y materiales para armar productos que yo necesitaba,  desde las baterías, las pantallas y las cámaras. Con todo ese soporte logré empezar la plataforma del negocio.

¿Qué factor determinó que ese era el rumbo que debías tomar?

Una amiga china me llamó para contarme que tendría un stand en la feria de Hong Kong —una de las más importantes a nivel mundial—; increíblemente me llamó para decirme que no usaría el stand y me lo quería ofrecer. Desde luego que le dije que sí, pero que no tenía el dinero para pagarlo, pero para mi sorpresa me lo estaba regalando. En esa feria éramos si no los únicos, de los pocos latinos con un stand. Pusimos un rótulo de “se habla español” y ofrecíamos hacer pedidos de bajo volumen. 

Aunque el lugar de exposición de la feria lo cerraban a las siete de la noche, yo me hice amigo de los guardias de seguridad y me dejaban quedarme hasta las once. Todo ese tiempo me quedaba maquilando los pedidos para poder entregarlos al día siguiente; ya después de eso me quedé con esa cartera de clientes y los seguía atendiendo.

Algo que también marcó el rumbo del negocio fue que por alguna razón los clientes confiaban en nosotros, ya que por ser una empresa que estaba empezando, no me podía permitir dar crédito, sin embargo, lograba dar la confianza como para que clientes de Latinoamérica me enviaran cheques de anticipo sin yo darles ninguna garantía. Y así, lograba cerrar negocios importantes.

Emprender un sueño en tu país es difícil, ¿cómo fue empezarlo en un país tan contrario como China?

Cuando uno tiene metas aguanta más. El idioma fue algo que sí me hacía jalarme el pelo, no sabía ni siquiera preguntar “dónde está el baño”, ni los rótulos entendía. La comida fue otra cosa, por ejemplo en la cena de navidad allá se acostumbra comer cocodrilo, pero cuando uno tiene un sueño y una meta las cosas se ven diferentes. A pesar de no tener un capital grande —me fui con USD 2000—, me tocó vender ideas en el aire.

Mi esposa logró obtener un trabajo de maestra de inglés y con eso nos ayudamos bastante. Sin embargo, en lo personal creo que no tener capital y estar en esas “penas” le da sabor a la aventura de emprender. Considero que estés en el país que estés, si logras transmitirle credibilidad al cliente, eso te abre las puertas de par en par; en mi caso logré vender un producto que no tenía y que ni siquiera había probado. Eso sí, respetaba esa confianza y daba todo para cumplir con mi palabra. Una anécdota interesante es que un día recibí un pedido de la fábrica y fui a reclamar que habían utilizado piezas que no eran de la calidad que yo solicité y empezamos a discutir, casi llegamos a golpes; es algo que no es agradable contar pero lo hago para presumir que por mantener la calidad de mis productos soy capaz de todo.

¿Cómo llegó la marca Molvu a Guatemala?

Mientras estábamos despachando contra pedido a varios países de Latinoamérica, recibía correos de gente de Guatemala pidiéndome stock, pero aún no sentía que fuera el momento, así que empecé enviando por cantidades pequeñas y logramos introducir nuestros productos en tiendas y almacenes de la ciudad, sin tener un inventario grande.

Después de ver la aceptación y con un capital un poco más grande, nos animamos a traer un contenedor, pero no fue lo que esperábamos. Así que decidimos el 1 de enero del 2017 abrir nuestras redes sociales para empezar a venderlos por nuestra parte, ya que solo los teníamos con distribuidores como Cemaco y Walmart.

Aunque nuestro plan original no era tener exposición ante el consumidor final, tomamos la decisión de las redes sociales y pusimos nuestra dirección (Campus Tec). Un día llega una persona y nos comenta que había visto la dirección en nuestra página de Facebook y quería comprar, muy emocionados hasta le tomamos una foto porque era nuestro primer cliente. En poco tiempo las ventas ya sobrepasaban las de los mayoristas. 

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