En algún libro de emprendimiento leí que la mayoría de los productos creados por emprendedores nacen de la misma necesidad que estos tienen de algo.

Pero seguramente nos preguntaremos: ¿Seré la única persona en el planeta que pensó en esto? Y esta sola pregunta fácilmente nos aterra a tal punto de poder detenernos; pero realmente, la única  forma de saber si funcionará nuestra idea es haciéndola.

Quien se atreve es quien tiene los sueños más claros que la realidad, que les dice que es una locura.

Por: Mariela Saravia.

No importa cómo, no importa en dónde o cuándo empecemos , lo importante es empezar… Empezar sin arriesgar no es una opción, pero si lo hacemos no pasaremos el resto de la vida preguntándonos qué hubiese pasado si nos hubiéramos animado a hacerlo; o aun peor, deseando haber empezado.

Permanecer en este lugar es verdaderamente incómodo y frustrante; este lugar de no arriesgar, de no intentar y de no estar dispuesto a fracasar es aún más incómodo que el ¨fracaso¨ como tal.

Y solo con el hecho de atrevernos, estaremos alcanzando el primero de quizá muchos mas éxitos, porque no hay  éxito más grande que la satisfacción propia.

Es muy importante saber que nos tocará asumir las consecuencias, ya sea del fracaso o del éxito. Puede sonar fácil asumir el éxito, pero creo que el no saberlo manejar nos puede hacer caer muy fácilmente; los pies deben estar clavados a la tierra, el corazón en la cabeza y la cabeza en el corazón.

Muchas veces nos tocará desviarnos e improvisar, inventar en el camino y cambiar el plan inicial. Desde el principio debemos planear que ningún plan resulta de acuerdo a lo proyectado. La idea es sobrevivir y no abandonar la batalla prematuramente, fácil no es y requiere de nuestra entrega total; cuerpo y alma, porque, si no soy yo, entonces ¿quién estará dispuesto a dejarlo todo? Creo que nadie más que nosotros mismos deberíamos estarlo.

Soy madre, y me atrevería a decir que, ser emprendedor es muy parecido a ser mamá; debe ser uno mismo quien se prepare, quien le de vida, quien lo quiere, quien lo cuida; quien quiere verlo crecer, quien quiere darle alas y quiere verlo volar… Una parte nuestra siempre estará allí.

Dicho todo lo anterior, –que de cierta forma fue para mi hacer un viaje a lo largo de los últimos doce años de mi vida como emprendedora–, les hablaré de a quien yo llamo mi hija mayor, Lua.

Lua nació hace un poco mas de doce años atrás, y su plan inicial no era lo que es ahora… Empecé con un pequeño restaurante, de todos los ítems del menú el último que creé fueron las Luas hoy, las únicas sobrevivientes.  Nacieron de la necesidad que yo tenía de acompañar  mi menú con algo que no existía en ese momento.

Más o menos seis meses después de abrir el restaurante tuve que empezar a cambiar el plan; a inventar y a improvisar.  El restaurante duró poco menos de un año, lo que se podría considerar como un fracaso, pero no, lo aprendido y la satisfacción nadie me la quita, hice mi mejor esfuerzo, arriesgué, y supe asumir las consecuencias de mi fracaso. Fácil no fue, para nada.

Pero con mucha entrega pude cambiarle el rumbo a mi historia, a la historia de Lua; a la historia de quienes me acompañan en mi recorrido, a la historia de quienes han construido conmigo; por el momento 15 mujeres y dos hombres, mi gente, mi equipo.  Hoy me pregunto, sin remordimiento, ¿qué sería de mi vida si no me hubiera atrevido, si no hubiera compartido con el mundo mis necesidades?

La mayor satisfacción no es a dónde llegas, sino cómo llegaste allí. La emoción se deriva del éxito, pero la realización viene del viaje que te llevó a tu destino.

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