Yo tenía 26 años y estaba sobre el estómago en la plataforma del tren 6 con dirección a la parte alta de la Ciudad de Nueva York. Mi mochila de mensajero me había pasado por encima de la cabeza. Una constelación de tacos de goma ennegrecidos y pisoteados rondaban a centímetros de mi cara. Mis manos y pies: entumecidos.

Por: Mike Scalise

No me había tropezado. Nadie me había empujado. Me había estado moviendo entre el flujo humano en la hora pico, como todos los demás, iba de mi trabajo diurno en una editorial educativa a mi empleo nocturno escribiendo textos para una agencia de publicidad. Llevaba un año trabajando en dos empleos mientras mi esposa estudiaba la licenciatura, equilibrando dos conjuntos de fechas límites y cargas de trabajo y llegando a la casa cerca de la medianoche la mayor parte de cada semana.

Cuando unos extraños me ayudaron a llegar a una banca cercana, señalaron el hilito de sangre que corría desde mi codo, entones, supe lo que había pasado. Me lo habían advertido.

Dos años antes, había entrado en una sala de urgencias con lo que yo pensé era migraña y descubrí que se había rasgado un tumor benigno en la glándula pituitaria, que es la que envía señales a las otras glándulas del organismo que elaboran hormonas. El resultado fue que mi cuerpo ya no estaba produciendo ninguna hormona, incluida la adrenocorticotrópica o ACTH.

Esa en particular ha preocupado a mis especialistas. Mi cuerpo ya no responde al estrés como el de todos los demás. No manda la ACTH al torrente sanguíneo para combatir las ráfagas de adrenalina que alimentan a las situaciones de alto octanaje. Básicamente, yo no tengo una respuesta de lucha o huida, y la tensión puede disparar una fatiga aguda, baja presión sanguínea, cognición trastornada o una “crisis suprarrenal”, que, en los peores casos, puede inundar mi cuerpo como si fuera una apoplejía y hasta puede ser fatal.

Me ordenaron que tomara píldoras de cortisol en momentos estratégicos de cada día y nunca jamás romper ese horario. Cada tantas semanas iba con mi endocrinóloga para recibir sesiones de puesta a punto de las hormonas, y al inicio de cada una me preguntaba: “¿Cómo va tu estrés?”.

Las mentiras que le conté (“¡No es ningún problema!”) eran nobles, yo pensaba, y hasta me las llegué a creer. Estaba muy bien. La tensión estaba bien. La tensión estaba por todas partes – ¿cómo puede ser de otra forma? En mi trabajo de día, hacía recesos para fumar con mis compañeros de trabajo en la azotea de nuestro edificio y sosteníamos apresuradas, pero aparentemente profundas conversaciones que casi no incluían otra cosa que no fueran las comparaciones de tensiones: las arteras fechas límite, las tareas con las que hacíamos malabares, todos orgullosos de nuestra habilidad para abarcar cada vez más de la cuenta.

El estrés parecía ser el alma de una carrera productiva

En mi segundo empleo, mis compañeros de trabajo eran actores, cineastas y escritores en apuros que usaban el día para hacer audiciones o presentar revistas o reunir sus rollos. El estrés que comparábamos se trataba más de lo que no teníamos y de lo que estábamos padeciendo para conseguirlo.

Me convencí de que era bueno con el estrés. Conocía sus ritmos (yo pensaba), y me gustaba el agotamiento que producía, fuera o no saludable. La tensión era seductora en esa forma; una moneda que demostró mi valía muchísimo más de lo que lo hacían mis bajos salarios.

Sin embargo, esa caída en la plataforma del metro sacudió algo dentro de mí. Trazó un límite que no podía ver. En las semanas y los meses que siguieron, tuve más episodios como ese. Fueron más agudos y casi tan debilitantes. Un tropiezo en un correo electrónico para unos clientes, un rompimiento en el plan de un proyecto, hasta las realidades más pequeñas en el centro de trabajo disparaban una parálisis similar. Tecleaba correos electrónicos con las manos entumidas, me hice incapaz de rastrear hasta los detalles más simples, luego me entró la ansiedad por los errores que había ocasionado, congelado en una elevada angustia cenagosa que yo había creado y de la que no podía escapar. Estaba agotado y confundido. No podía dormir.

“Toma más cortisol cuando sabes que viene el estrés”, dijo mi doctora. ¿Pero quién, realmente, sabe eso? El poder más insidioso del estrés es su capacidad, como el agua, para encontrar las ranuras y luego inundar, pasando justo por ellas. Tenía que hacer un cambio, ¿pero cuál? El estrés parecía ser el alma de una carrera productiva. ¿Qué significaba, ahora, tener que evitarlo a toda costa?

La mejor respuesta que pude encontrar fue: renunciar a todo. En los ocho años que han pasado desde esa caída en la plataforma, he renunciado a 12 empleos. Trabajos como independiente, de oficina, administrativos, gerenciales. Algunos los odié, otros los amé, pero me convertí en un renunciante en serie, que trabajaba duro hasta que el estrés se agravaba suficiente para representar una amenaza grave y entonces desaparecía. Me convertí en maestro de la notificación con dos semanas de anticipación.

Había tomado esa venenosa tensión laboral y la había reubicada a mi casa y ahí, también, se metió entre las ranuras

Me sentí orgulloso en una forma perversa – soy el mejor renunciante que hay; nadie renuncia al empleo mejor que yo –, aunque mi reputación se estaba dañando en forma irreparable. Me gané la fama de ser impresentable laboral entre los amigos y sentí que estaba adquiriendo una nueva etiqueta, una que nunca antes había tenido: flojo.

Para cuando tenía treintaitantos años, los cambios constantes de un empleo a otro afectaban mucho a mis finanzas, mi currículum y, en última instancia, a mi matrimonio. Había tomado esa venenosa tensión laboral y la había reubicada a mi casa y ahí, también, se metió entre las ranuras.

Una renuncia y un documento de transición después, ya estaba de regreso en la búsqueda, cansado y derrotado, cuando me topé con el empleo número 13: elaborar exámenes para un centro de educación de idiomas extranjeros. El trabajo me recordaba al tipo de cosas que había hecho cuando tenía veintitantos años, en la editorial educativa y en la compañía de publicidad televisiva. Sin embargo, la gente aquí era tranquila y calmada, y tendía a salir a las 5 p.m.

Mi jefa había sido profesora universitaria de español y terminaba cada conversación diciendo: “Es lo que es”, o “Esa es mi historia y me sostengo en ella”. Dijo que me capacitaría en todo; que tenía una buena espina. No obstante temía defraudarla. Así es que cuando, después de unas semanas, me di cuenta de que había formateado mal algunos espacios en un producto enorme que había que entregar, caí de inmediato en una racha de ansiedad y fractura interna. Con las manos entumidas y náuseas (otra vez), me apresuré a entrar en su oficina a confesar mis errores y me preparé para renunciar (de nuevo).

Mi trabajo se convirtió en lo que resultó ser la más rara de las monedas profesionales: solo un trabajo

Respiró profundamente.

– ¿Sabes en qué trabaja mi marido? – dijo. Es cirujano militar. Ve morir a la gente. Todos y cada uno de los días.

“Aquí viene”, pensé y me preparé para una implicación sobre mi ética laboral o mi dureza. – La tensión es parte de la vida. Aprende a vivir con ello _ diría, como si no hubiera pasado los últimos ocho años haciendo exactamente eso.

– ¿Este trabajo? Nadie se muere por este trabajo – dijo. Todo se puede arreglar.

Después de eso, tranquilamente, ella y yo elaboramos un plan. Hicimos lo mismo al día siguiente y el día siguiente, hasta que mi trabajo se convirtió en lo que resultó ser la más rara de las monedas profesionales: solo un trabajo. Ni más ni menos, y me aferré a él con todas mis fuerzas.

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