A lo que los «Cinco Aterradores» (Alphabet, Apple, Amazon, Microsoft y Facebook) le tienen que temer: a los legisladores, no a las empresas 

En la industria de la tecnología, los tiburones nunca han estado mucho tiempo seguros ante los pececitos. Durante gran parte de los últimos 40 años, los mayores actores en la tecnología —desde IBM y Hewlett-Packard hasta Cisco y Yahoo— eventualmente fueron superados por empresas emergentes que surgieron de repente.

Por: Farhad Manjoo  

La dinámica es tan fiable que a menudo es tomada como una especie de axioma. Volverse grande en esta industria es también volverse lento, ciego y torpe, aislarse de las verdaderas fuentes de la innovación que convirtieron a una empresa en un tiburón en primer lugar.

Luego, en la última media década, sucedió algo extraño: los tiburones empezaron a crecer más y a volverse más inteligentes. Hace casi un año, argumenté que estábamos siendo testigos de una nueva era en la industria tecnológica, una que es tipificada menos por la célebre empresa emergente en una cochera, sino que por un grupo al que me gusta llamar los «Cinco Monstruos»: Amazon, Apple, Facebook, Microsoft y Alphabet, la compañía matriz de Google.

En 2017, persiste en gran medida la misma historia, pero hay un nuevo giro: los gobiernos del mundo se sienten recientemente motivados para enfrentarse a los gigantes de la tecnología. En Estados Unidos, Europa, Asia y Sudamérica, los Cinco se encuentran cada vez más enfrentados contra los poderes legales y reguladores, y a menudo incluso contra la voluntad popular.

La naturaleza que precisa de las peleas varía por compañía y región, incluidas las investigaciones fiscales y antimonopolio abiertas contra Apple y Google en Europa y la amplia y a menudo incoherente crítica de Donald Trump a los Cinco por diversas supuestas fechorías.

Empecemos con algunas estadísticas. En 2017, los Cinco son más grandes que nunca. Como en 2016, conforman la mitad de las 10 compañías más valiosas del mundo, medidas según su valor en el mercado bursátil. Su riqueza se origina en su control de la ineludible infraestructura digital de la cual depende gran parte del resto de la economía: los teléfonos móviles, las redes sociales, el internet, la nube, las ventas minoristas y la logística, así como los datos y el poder computacional requerido para los futuros avances.

Las nuevas empresas tecnológicas más valiosas de hoy, como Airbnb, Uber y Snap, pudieran volverse enormes y aun así representar una amenaza pequeña para las fortunas colectivas de los Cinco Monstruos.

Mientras tanto, los Cinco se disponen a saltar más allá de su rincón de la laguna. En los últimos años, han empezado a poner la mira en las industrias más grandes fuera de la tecnología: en los autos, la atención médica, las ventas minoristas, el transporte, el entretenimiento y las finanzas.

Los Cinco no son exactamente inmunes a los ciclos de negocios. Las ventas de Apple no tuvieron cambio el año pasado y, después de un monstruoso 2016, el precio accionario de Alphabet se estancó. Los Cinco tampoco están totalmente seguros ante la competencia que representan las empresas emergentes, y una de las características persistentes de la industria tecnológica es que algunas de las amenazas más peligrosas para los gigantes son las más difíciles de detectar.

Sin embargo, por el momento, gracias a inteligentes estrategias de adquisiciones y una perspectiva a largo plazo, los Cinco parecen aislados de la competencia planteada por las empresas emergentes; las nuevas empresas tecnológicas más valiosas de hoy, como Airbnb, Uber y Snap, pudieran volverse enormes y aun así representar una amenaza pequeña para las fortunas colectivas de los Cinco Monstruos.

Silicon Valley se enclaustró, pasando por alto la incomodidad de la gente ante la velocidad con la cual sus innovaciones estaban cambiando sus vidas.

Lo que ha cambiado es la percepción pública. Durante años, la mayoría de los Cinco disfrutó de amplia buena voluntad cultural. Eran descritos en los medios noticiosos como fuerzas de innovación y placer, como lo mejor que podía ofrecer el capitalismo estadounidense. Las excepciones eran Microsoft, que alcanzó elevadas alturas a través de la crueldad corporativa en los años 90, y Amazon, que se metió debajo de la piel de la gente por, entre otras cosas, hacer a los libros más baratos y más ampliamente accesibles, perjudicando a las librerías.

Pero, en general, la gente amaba a los gigantes tecnológicos. Se habían vuelto enormes de la manera en que se supone se hace en Estados Unidos: inventando algo nuevo que a la gente le encante. E incluso sus peores pecados no eran considerados tan malos. No estaban causando desastres ambientales. No estaban vendiendo cigarrillos. No estaban llevando al mundo a la ruina económica a través de chanchullos financieros peligrosos. Después de que señalé la creciente invencibilidad de los Cinco el año pasado, la mayor parte de la resistencia que recibí de las personas en esas compañías tuvo que ver con el apodo que les había dado: ¿Por qué no las había llamado los Cinco Fabulosos?

En el último año, la percepción empezó a cambiar. La familiaridad engendra desdén; conforme la tecnología se metía más profundamente en nuestras vidas, empezó a sentirse menos como un bien genuino y más como el fastidio del otro que tenemos que enfrentar.

Durante la larga campaña presidencial, Trump dijo muchas cosas que la gente en la tecnología consideró ridículas. Prometió llamar a Bill Gates para ayudarle a cerrar las partes del internet que los terroristas estaban usando. Prometió forzar a Apple a producir los iPhone en Estados Unidos. Sugirió que The Washington Post estaba publicando artículos críticos sobre él porque su dueño, Jeff Bezos, estaba asustado de que Trump presentara cargos antimonopólicos contra la compañía principal de Bezos, Amazon. Pocos en la industria de la tecnología apoyaron a Trump, pero la antipatía de la industria pareció importarle poco al público.

Las batallas por el dominio en los servicios de la nube, la inteligencia artificial y la minería de datos, los asistentes activados por voz, los vehículos de conducción autónoma, la realidad virtual y la mayoría de los otros grandes éxitos futuros están siendo libradas entre los Cinco.

«Durante los periodos en que las empresas dominantes están combatiendo a los disruptores, en general Estados Unidos ha hecho un buen trabajo de alentarlos», dijo Julius Genachowski, el expresidente de la Comisión Federal de Comunicaciones de Estados Unidos (FCC, por sus siglas en inglés), que ahora es socio del Carlyle Group, una firma de capital privado.

Eso describe la dirección general de la política durante el gobierno del presidente Barack Obama. Los gigantes tecnológicos fueron menos gigantes durante gran parte de los años de Obama, y varias partes de la infraestructura legal y regulatoria de Estados Unidos buscaron protegerlos y nutrirlos.

Pero como señaló Genachowski, a medida que los disruptores crecen, la dinámica a menudo cambia. «La siguiente parte del arco es que los disruptores se vuelven muy exitosos y, en cierta forma, se convierten en empresas dominantes, y entonces se ven dos cosas: batallas entre las empresas dominantes y las nuevas dominantes, y una nueva generación de disruptores que enfrenta a las dominantes», dijo.

Ahí es donde estamos ahora. Los Cinco se han vuelto empresas dominantes, y es más probable que sean tratadas como tales por los gobiernos, los cuales analizarán los dos lados de la moneda —sus beneficios para la sociedad y sus potenciales costos— cuando decidan cómo vigilarlos.

Pero hay un giro: con los Cinco, a diferencia de en eras previas de la tecnología, no está claro que haya muchos potenciales disruptores entre las empresas emergentes de hoy. Las batallas por el dominio en los servicios de la nube, la inteligencia artificial y la minería de datos, los asistentes activados por voz, los vehículos de conducción autónoma, la realidad virtual y la mayoría de los otros grandes éxitos futuros están siendo libradas entre los Cinco.

Eso muy probablemente podría asustar aún más a los reguladores y legisladores; y, dependiendo de su posición en la lucha del poder corporativo contra el poder gubernamental, las cosas pudieran ser fabulosas, o atemorizantes.

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