Logré estudiar una carrera de periodista pagando mis estudios desde que estaba en quinto primaria, porque mi madre me enseñó a no rendirme. Recuerdo el día que ya no quería levantarme para ir a trabajar y me despertó echándome agua, y me dijo tienes que ser responsable y no dejar nada a medias.

Por: Alexis Canahui

Logré cumplir mi sueño de fundar mi propio medio de comunicación, y he publicado varios títulos,  entre ellos Revista actitud que tiene casi 100 ediciones. Después de ver los años transcurrir y voltear atrás, me he dado cuenta que hemos hecho tanto con tan poco y logrado mucho, casi sin nada.

Consigo reunir a 1200 emprendedores cada año en el Training Day, donde son desafiados y expuestos a conceptos innovadores de negocios, todo, porque creemos en generar un impacto a nuestra generación.

Si tengo que dar créditos a alguien de lo que he podido lograr debo dárselo a mi madre. Ella me enseñó a tener auto confianza; a ignorar el rechazo. Me decía siempre: ¿a caso ellos te van a dar de comer mijo?, cuando me quejaba de la crítica y del rechazo.

Me sobrepuse al estereotipo de personas que fracasan, que no buscan opciones, ni oportunidades. Siempre elevé mi autoestima y aprendí a vivir en fe y a valorar lo que era con mis limitaciones y defectos. Me levanté de cada caída y resistí el miedo, y superé el fracaso.

Recuerdo que cuando era niño un día llegué a contarle a mi madre que vendería piedras pómez y arena blanca, porque veía como ella limpiaba con esa arena y piedras las ollas tiznadas por el humo al cocinar con leña. Cerca de mi casa se encontraba un cerro donde la podía conseguir gratis. Esto quiere decir que mi primer negocio tuvo un margen de utilidad del 100%; esto lo hice cuando tenía solamente siete años, mi madre me empujó a hacerlo y funcionó.

No se mofó de mí cuando se me ocurrió vender monedas de 25 centavos a los choferes de camioneta, cuando el pasaje costaba 75 centavos. Yo recibía 10 quetzales y entregaba 9 quetzales en monedas de 25 centavos, que siempre les hacía falta para dar vuelto.

Soy el resultado de una madre luchadora que quedó viuda con cuatro hijos y nunca se rindió.

Fue en 1999, siendo un adolescente y estando por cumplir mi mayoría edad, cuando renuncié a mi primer trabajo formal donde había laborado por casi 5 años.  Recuerdo que en una ocasión llegó el Ministerio de Trabajo y tuve que esconderme; el caso es que mi jefe, un mexicano radicado en Guatemala, un hombre duro, enojado y con voz de capataz me dijo: “estás cometiendo un error, si te vas no te toca nada, perdés tu liquidación, y precisamente así fue”.

Con el sueño de independizarme, me fui.  En mi mente, y por consejo de unos amigos, quería ponerle una denuncia a mi ahora exjefe en el Ministerio de Trabajo.  Cuando se lo comenté a mi mamá, ella con su voz serena y con una expresión rígida en sus ojos me dijo: “Mijo, ¿aprendiste algo con él? Te dio una oportunidad y le debes respeto, vos decidís conservarlo como amigo o ganar un nuevo enemigo”.  Decidí irme en paz y agradecerle por todo. Años más tarde, me lo encontré casualmente en un viaje que hice a México y lo saludé, me atendió como se atiende a un amigo.

Esta enseñanza de mi madre me ha dado muchos amigos, aprendí que si alguien no puede respetar y admirar a las personas que hacen algo por ellos, pronto estarán solos.

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