Existen auténticos emprendedores y falsos emprendedores. No me refiero a falsos en el sentido moral, en el sentido de que pretenden engañar a alguien, sino en el sentido de que se están engañando a sí mismos.

Por: Fernando Trías

En el nivel más básico de falsos emprendedores, se encuentran las personas que denomino «emprendedores NIF». Para éstas, ir al notario y constituir una sociedad mercantil supone convertirse en emprendedores. De hecho, uno de los síntomas de la persona que en realidad no tiene un ápice de emprendedor es el habitual y pomposo comentario de: «El día tal voy al notario», como si ir al notario le diese a uno el carné de emprendedor.

Emprender no es dar de alta una sociedad en el registro mercantil o independizarse de la empresa en la que uno trabaja. Eso son sólo trámites administrativos o legales que permiten trabajar por cuenta propia en lugar de por cuenta ajena. Está claro que un negocio debe operar bajo un número de identificación fiscal y una forma legal determinada. Son pasos necesarios para emprender, pero no es emprender.

En un segundo estadio, tenemos las personas que denomino «emprendedores idea feliz». Para éstos una idea de negocio determinada, conseguir una franquicia, exportar o importar en exclusiva una marca o producto determinado supone ya ser emprendedor. La idea se convierte en su salvavidas, en la piedra filosofal que todo va a solucionado.

Emprender no es dar de alta una sociedad, no es montar una tienda, una agencia de publicidad o una empresa de exportación. Emprender no es montar un negocio. Emprender no es siquiera un modo de trabajo.

¿Qué es entonces emprender?

Emprender es una forma de enfrentarse al mundo, es una manera de entender la vida con la que no todo el mundo se siente a gusto. ¿Y cuál es esa forma de vida? Es aquella en la que la persona disfruta con la incertidumbre y la inseguridad de qué pasará mañana. El verdadero emprendedor es aquel a quien lo incierto procura un especial placer.

Hay gente que prefiere la seguridad, la rutina o, sencillamente, que sea otro quien acarree con la responsabilidad de unas nóminas. No es mejor ni peor. Es una opción perfectamente válida. Pero esas personas, cuando montan un negocio, se estrellan. Porque no se da la característica esencial que todo emprendedor debe tener: el deseo de moverse en un entorno incierto.

Emprender es el acto de reducir la incertidumbre en uno de los actos más antiguos de la humanidad: el intercambio, el comercio.

Emprender es esa forma de vida y de encarar el mundo: aceptar la incertidumbre como el principal de los ingredientes. Aún más, de hecho, la verdadera y única causante de que la acción emprendedora tenga sentido es la propia incertidumbre.

Jorge Wagensberg escribió: «La felicidad requiere que el futuro sea incierto». Pues el emprendedor, aún lo requiere más.

Un rasgo que caracteriza a los auténticos emprendedores es que no contemplan la posibilidad del fracaso. No es que estén ciegos o sean ilusos. Seguramente no lo son y sus dosis de realismo son elevadas. Pero su ilusión puede más que todo ello.

No pierda el tiempo. Si ahora ya sabe que nunca va a ser capaz de adaptarse a esa incertidumbre, plantéese si llevar a término el negocio que le ronda por la cabeza. No piense en su idea, analice si le apetece que esa idea sea la que traiga la incertidumbre a su vida.

Emprender por el placer de emprender

Recuerdo una conversación con un emprendedor nato que tiene más de siete negocios, da empleo a varios cientos de personas y factura más de 100 millones de euros anuales. Le pregunté si siempre había querido ser emprendedor. Me respondió así: «No, de pequeño quería ser médico. Pero cuando lo soñaba, no me imaginaba a mí mismo con la bata blanca curando gente, sino que imaginaba que era el fundador y propietario de siete hospitales con más de mil médicos en plantilla…»

Emprender se convierte en un medio y en un fin al mismo tiempo. Es parecido a lo que sucede con la creatividad.

Cuando un científico o un artista intentan crear algo nuevo, su campo de acción, su disciplina o especialidad es instrumento y fin. Un escritor que desea crear un nuevo estilo literario hace de la literatura una herramienta y una meta a la vez. Asistimos a la denominada motivación intrínseca de las cosas. Bajo esa motivación, cualquier estimación de riesgo es estéril. Sencillamente, se desea lo que se hace y punto.

Puede pensarse que el emprendedor quiere ganar dinero, hacerse millonario, quiere dejar su impronta en el mundo, quiere ser alguien, quiere crear empleo, crear riqueza en su región y un largo etcétera de motivaciones que justifiquen la utilidad de su acción emprendedora. Puede haber algo de todo ello, pero el verdadero emprendedor va más allá de todo eso. La realidad es que él, como en el caso del creador literario, no puede hacer otra cosa.

Extraído del libro: “El libro negro del emprendedor” Fernando Trías (2007)

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