Este año decidimos ir de vacaciones de verano a Ámsterdam. Yo viví en la ciudad durante siete años y escribí un libro sobre ella. Mi pareja, Pamela, vivió ahí por 23 años. Nos conocimos en Ámsterdam. Nuestro hijo nació en la ciudad. Y, sin embargo, tres años después de regresar a Estados Unidos, nos dimos cuenta de que Ámsterdam se había vuelto asombrosamente remota en nuestras vidas. Así que, aun cuando el viaje sería de vacaciones, el verdadero motivo era pasar un par de semanas recuperando la ciudad.

Por: Russell Shorto 

Cuando llegamos a nuestro alojamiento —una casa en el canal en el centro medieval de la ciudad―, encontramos que el pasado permanecía aún tangible y tranquilizadoramente presente. Nuestros amigos, Kiki Amsberg y Joost Smiers nos ofrecieron la más pequeña de sus casas.

Foto: Ilvy Njiokiktjien para The New York Times

Ámsterdam ha tenido desde hace tiempo un problemita de personalidad dividida, porque la sección llamada Ámsterdam Norte se ubica al otro lado del muelle frente al resto de la ciudad. Los planificadores municipales han trabajado durante años para meter al «Noord» al redil, y eso parece estar dando resultados. Han reorganizado el tráfico en el lado norte de la estación de trenes e instalado una plaza de tiendas tipo aeropuerto. Pero el cambio más importante es un túnel recubierto de azulejos holandeses de colores azul y blanco, que representan antiguas escenas náuticas. Guía a los peatones y ciclistas para superar el embrollo de la estación de trenes y los lleva directo a la ribera y los transbordadores gratuitos.

Hay muchos restaurantes nuevos que salpican la ribera, cimentando más la conexión entre las dos partes de la ciudad. MOS, en un edificio claramente moderno que sobresale de la península de IJdok, es nuevo pero ofrece de algún modo una nouvelle cuisine «francesa internacional» a la vieja escuela junto con maravillosas vistas del agua. Hice una comida ahí, pero, junto con varios otros lugares nuevos donde comí, me provocó una sensación de que conforme la ciudad crece y cambia tan rápidamente, también está en peligro de homogenizarse.

Pequeñas embarcaciones en uno de los canales. / Foto: Ilvy Njiokiktjien – The New York Times

Se ha hablado de que Ámsterdam, con su larga historia como centro financiero, eventualmente reemplazará a Londres como la capital económica no oficial de la Unión Europea. Nadie de aquellos con quienes me reuní desea eso. La ciudad siempre ha sido de un tamaño modesto: con 830 000 residentes, su población es una décima parte de la de Londres. El «equilibrio» es lo que a todos les preocupa en estos días, cómo equilibrar el crecimiento y el cambio con la tradición y la calidad de vida.

En la edad dorada de Ámsterdam, los mercaderes de la ciudad reunían los productos exóticos del ancho mundo y los traían aquí, en sus barcos que navegaban por los canales hasta su puerta. Almacenaban esos productos (canela, nuez moscada, pimienta) en sus áticos. Los canales eran, de hecho, brazos que se extendían por el mundo, reunían botines y los traían no solo al centro de la ciudad, sino a las casas de sus residentes. Las pinturas interiores holandesas del siglo XVII celebraban el tipo particular de la domesticidad que fomentaban los mercaderes holandeses. El «gezelligheid», una palabra intraducible que significa algo así como «el sentimiento cálido que proviene de estar seguro y abrazado por amigos y familiares» es lo que anima a esas pinturas.

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